Estamos próximos a celebrar 100 años de la Cristiada y me parece providencial haber leído un libro que contiene los discursos del beato y mártir Anacleto Gonzáles Flores que pueden servir a la mujer de hoy a entender y llevar a cabo su misión. Estas palabras han sido un candil para mí y espero que lo sean para ti también.
Pero ¿a qué
misión nos referimos? En uno de sus escritos, Anacleto menciona que “la
mujer no es solo un adorno, no es solo un atavío de la humanidad, sino que es
uno de los grandes poderes que deben empujar a las generaciones por los
senderos que van en línea recta a la civilización.[1]”
Esta frase me ha impactado porque expresa que las mujeres, no solamente somos
algo accesorio que embellece y complementa, y que no solo existimos para
desempeñar una tarea cualquiera y común, sino que podemos influir en el destino
de los que tenemos a nuestro alrededor, y esto, tiene una importancia extrema. Sus
palabras señalan que las mujeres tenemos la grandísima misión de encaminar, de
guiar, de llevar, de la mano de Dios, a los que caminan con nosotras hacia el
desarrollo y al progreso, al bienestar y la paz, o, a todo lo contrario.
Anacleto buscaba que la mujer se diera cuenta de que cada una de ellas ha sido y es, “uno de los prodigios de la mano omnipotente de Dios”.[2] Esto significa que la mujer es ¡sumamente especial! Y buscando en el diccionario la definición de prodigio, encontré que es “un suceso extraño que excede los límites regulares de la naturaleza”[3], es decir, que la mujer es, una maravilla y, en definitiva, algo que revela el poder de Dios. Porque es Dios quien la hecho como es, con esas cualidades tan específicas como la belleza, la sutileza, la ternura, y el amor, y con esa naturaleza femenina, le ha otorgado el don maternal para dar vida, nutrir, sostener.
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| La misión de la mujer de Edgar Hicks, tomado de Infobae |
Santa Edith Stein decía que,
la grandeza de la mujer reside en que tiene a su cuidado el desarrollo de la vida humana y de la humanidady por esto, Dios la ha dotado de lo que necesita para lograrlo en cualquier lugar en el que ella se encuentre. Sin embargo, muchas mujeres no han visto su grandeza y otras, impulsadas por ideologías feministas han querido perseguir la igualdad con el hombre, sabiendo que esa diferencia con él es precisamente lo que define y engrandece su identidad. La mujer que sabe quién es y cuál es su misión y se esfuerza por llevarla a cabo, camina en dirección a su plenitud y no necesita que ninguna corriente o doctrina la empodere.
Sin embargo, si la
mujer es poderosa, ¿porque la degradación social que vivimos hoy? Anacleto sugiere
que hemos perdido el foco de atención, e invita a que las mujeres vuelvan a sus
hogares; y con esto no quería decir que abandonaran sus trabajos, sino más
bien, poner su corazón y su prioridad en sus familias. Comprender que necesitamos
asumir nuestro papel insustituible en el hogar, y que, si eso que nos toca
hacer, no lo hacemos, nadie lo va a hacer. Con ello nos invita a convertirnos en
apóstoles de la verdad y del bien. Y aquí es donde inicia la verdadera lucha,
en nuestras casas, donde se elige día a día preservar de la maldad escondida en
ideas, costumbres y estilos de vida que el mundo nos ofrece, donde se enseña y se busca vivir la pureza, la
perseverancia, la amabilidad y todas esas virtudes sobre las cuáles tantas
veces hemos leído, donde se habla con verdad y se enseña el trabajo y el
sacrificio y donde enseña la fe, con una oración diaria y buscando ir a Misa los
domingos para agradar a Dios y estar en gracia.
Finalmente, te invito junto con Anacleto, y, sobre todo, unidas al querer de Dios, a que asumamos con mayor compromiso nuestra naturaleza femenina, y a que tomemos posesión de lo que es nuestro, la identidad como mujeres de Dios, y nuestros hogares, porque ahí es donde comienza el cumplimiento de nuestra misión y la construcción de un mundo cristiano que transforme verdaderamente la sociedad.
Andrea Prior

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